El culto de los misterios

Junto al gnosticismo, el «Culto de los misterios» fue el gran rival del cristianismo en los primeros siglos, dejando al mismo tiempo importantes huellas en el pensamiento y culto cristianos.

Los misterios eran cultos secretos surgidos en el siglo VII a.C. en Grecia y Oriente, pero que lograrán su apogeo en los siglos II y III d.C. hasta su prohibición en el IV. Por estar protegidos por la «ley del silencio» ante los no iniciados, se conoce poco sobre ellos; mas, en general, se los considera como una forma religiosa que promete la salvación a sus iniciados. Dicha salvación consiste en liberarse del dominio del destino, de las potencias cósmicas y de la muerte, logrando así la vida de ultratumba en unión con la divinidad. Esta salvación es garantizada mediante un rito de iniciación al misterio; es decir, una especie de bautismo o lavado ritual, después de atravesar duras pruebas. Otro rito importante era el banquete sagrado para comulgar con la divinidad, como asimismo fiestas místico-bacanales, fórmulas sagradas, etc. En general, todos los cultos mistéricos estaban muy asociados a la naturaleza y a la fertilidad, siendo sus ritos una asimilación del proceso de nacimiento, muerte y resurrección de la naturaleza, encarnada en el dios o en la diosa.

En Grecia surgieron los misterios de Eleusis, Dionisio, Cabiros y los de Orfeo.

En Oriente, los de Cibeles (la gran diosa madre, cuyo culto tanto se extendió en Roma y Occidente), y los de Atis y Adonis (dioses de la fertilidad, famosos por su cultos orgiásticos y ritos sexuales).

En Egipto, tenían su réplica en los misterios de Isis (diosa de la fertilidad) y Osiris o Serapis, el dios sol, muy extendidos luego en Roma y Occidente.

Estatua del dios solar Mitra matando al toro
Estatua del dios solar Mitra matando al toro

Pero el misterio de mayor trascendencia fue el de Mitra, antigua divinidad de Persia. Mitra es el dios del cielo y de la luz que, hacia el siglo v a.C., tomará la forma mistérica, logrando la mayor influencia en Roma cuando el emperador Cómodo (fines del s. II) se haga iniciar en él. Diocleciano, gran perseguidor de los cristianos, proclamará a Mitra «defensor del imperio», y su fiesta como Mitra-Sol se celebrará el 25 de diciembre («sol invencible»). Por este motivo la Iglesia convertirá al 25 de diciembre en la fiesta del nacimiento de Jesús, sol del mundo. Fue un modo de ocupar el vacío dejado por la prohibición del culto de Mitra por el emperador cristiano Teodosio, en el 394.

Siempre se encontró cierta similitud entre el mito de Mitra y el «misterio» de Cristo. (Observemos cómo Pablo introduce el término «misterio» al referirse a Jesucristo.)

Mitra nació de una roca y fue adorado por unos pastores. Luego mató un toro salvaje de cuya sangre surgió el mundo y toda la creación. Después pasó sus días protegiendo a los hombres hasta que, finalmente, celebró un banquete con el sol y ascendió al cielo para hacer resucitar a los hombres, una vez destruido el mundo y vencido el mal.

El culto de Mitra tenía dos sacramentos importantes: el bautismo, para la purificación de los pecados, y el banquete sagrado, en el que se comía pan y agua mezclados con miel y vino. Quien participaba en él conseguía la existencia celestial y la resurrección.

Los iniciados estaban divididos en siete grados de iniciación, cada uno de ellos bajo la protección de un planeta. Se consideraban como una gran familia y se llamaban «hermanos». Su moral era estricta y practicaban el amor hacia los pobres. Preferían formar pequeñas comunidades centradas alrededor de un lugar de culto, a menudo subterráneo.

Además de estos cultos y mezclados con ellos, debemos mencionar la práctica común de la magia, la adivinación y la astrología que, ciertamente bajo una forma más secularizada, se practica aún en nuestros días. En efecto, desde la antigüedad se consideraba que el destino del hombre estaba relacionado con los astros. De ahí el surgir de horóscopos y todo tipo de adivinaciones.

El culto al emperador era una costumbre netamente oriental y de poca importancia entre los primeros emperadores, más bien reacios y escépticos.

Se inicia en el imperio romano cuando Octavio es proclamado «Augusto»; luego surgen templos dedicados a Roma y al emperador, particularmente en Oriente. Más que de una religión se trataba de una forma de adhesión política y de lealtad al emperador, bajo ropaje religioso. Esto explica el problema que se les planteará a los cristianos: la adoración del emperador parecía contradecir la adoración a Dios y al único Señor Jesucristo; pero, al mismo tiempo, rechazar tal homenaje era la ocasión para que se los considerara «un Estado dentro del Estado» y reos de rebeldía. La fórmula «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» fue la respuesta en conciencia de la comunidad cristiana.

Al leer los libros del Nuevo Testamento, es importante tener en cuenta este complejo mundo de creencias que, de una u otra forma, marcaban el paso, creaban conflictos o generaban confusiones a los primeros cristianos. Muchos de sus elementos doctrinales y cultuales pasarán luego al cristianismo, purificados de sus concepciones paganas. Algo similar sucederá en los siglos posteriores con los bárbaros, etc., si bien debemos preguntamos hasta qué punto salió siempre ileso el auténtico Evangelio de Jesucristo.

Hoy la Iglesia se encuentra ante la misma encrucijada frente a las ideas modernas, cuyos elementos positivos debe saber asimilar sin perder la originalidad del mensaje cristiano.

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